Laika, Gatalina y la revista de gimnasia
Laika llegó, tocó el timbre y esperó. Gatalina se apresuró antes de que su sirvienta abriera la puerta. En aquel amplio umbral de mármol se encontraron las amigas después de tantos meses; los ojos les brillaban de emoción. Había tanto que contar, pero no hacía falta hacerlo, con una mirada bastaba. Tiempo tendrían de sobra y es mejor ir explicándose las cosas en pequeñas dosis, con un sentido y relacionándolo con lo que fueran haciendo, no como las quinceañeras, que se explican todo porque si no, dejan de ser superamigas. Laika necesitaba de su amiga para discutir su situación con Cosmonauta, y a Gatalina le urgía un consejo respecto a Gataúlfo. Ambas estaban un poco perdidas sentimentalmente, pero ahora era momento de celebrar el encuentro. Se dirigieron a la terraza del palacio, se sentaron en una mesita con vistas al reino y empezaron a hablar de tonterías banales mientras escuchaban música y tomaban el vermú. «Los valientes saltan los primeros, (…), por más que tropiezas siempre caes parada (…) enredada en tu trenza maría, tus agallas y mi cobardía, tapiada tenemos la salida, (…)».
COSMONAUTA: Hoy me he despertado desosegado, pensando que cada día soy más viejo, que cada día medito más las cosas que hago porque me persiguen las huellas de la experiencia. Llevo meses intentando darle forma a esas notas que tomé en la Tierra, notas que jamás llegaran a ser un artículo decente.Pero no me importa, quizá años atrás me habría importado, pero como ya tengo una edad, no puedo perder más tiempo. Hablando de tiempo, hace mucho que no sé nada de mi amigo Moroso. A ver si hoy no me distraigo con nimiedades y lo llamo.
LAIKA: Acabo de llegar al planeta de Gatalina II. Voy de camino al castillo, pero por el camino me he encontrado con la última tendencia en moda y gastronomía. Qué gatos, por dios.
http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=x9moJvM1ER8
GATALINA II: Gataúlfo, ven conmigo mañana, por favor, que me voy a la órbita de Laika. Te hará bien cambiar de aires, ya verás. Escucha esta canción y convéncete. No aguanto más a los de este planeta. Necesito una fiesta con Caballero, Laika y el Cosmonauta, estar tranquilos, enseñarnos música y hablar de chorradas.
GATAÚLFO: Gatalina, mi amor, quizá esto que hemos hecho bajo la escalera de mármol no ha sido correcto. A mí me ha gustado pero no quiero poner en peligro tu integridad. Sabes de sobras que estaría dispuesto a hacerlo otra vez. Dime tú dónde y cuándo. Te quiero.
Gataúlfo, no me mires así. Sé lo que quieres, pero aún no sé si quiero lo mismo. Yo no puedo vivir en este planeta y ti te encanta. No me mires así, por favor, es imposible que estemos juntos. No, no quiero quedarme, mi vida está ahí fuera, mis amigos también. No me pongas la mano en la cintura. Mírame. Si quieres podemos tener una relación espóradica, un revolcón cuando nos veamos y punto. No, de esto no se puede saber nada en la corte. ¡Ni se te ocurra! ¡Imagínate lo que podrían hacer conmigo! Yo no quiero ser la princesa consorte de nadie. Prefiero pasar desapercibida en la órbita de Laika. Te podrías venir conmigo. Vale, ya sé que no quieres, pero igual te lo digo. No me lamas el cuello que me pondré a ronronear. Vale está bien. Bueno, pero rápido, que luego tengo que ir a tomar el té con mi abuela. No, no pasa nada, llevo otras en el bolso. Venga, por aquí está más oscuro.
El tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos
De esa enfermedad que mantuvo a Laika en olvido de la galaxia, su pelaje ya no era el mismo. Ya no ladraba como antes y su cola no tenía ese vaivén de antaño. En realidad sí, pero Laika se sentía mustia, como si de pronto todos los años se le hubieran caído encima. Como si el tiempo fuera de plomo y cada segunda de su vida le pesara sobre los hombros. ¿Qué había hecho hasta ahora? Nada, eso creía ella. Ladrar y beber. De un tiempo a esta parte las resacas ya no eran iguales. ahora la palabra sí que había cobrado sentido. En fin, estaba un pelín más vieja, pero ella se sentía anciana. Una perra anciana. Pero como ya estaba sana, había decidido ir a rescatar a Gatalina II de su romance inevitable. Gataúlfo no se la merecía, tantos años de engaños y desengaños, tan altivo y arisco, que no tenía derecho a provocarle más pesares en su delicado corazón. Laika sabía que Gatalina la necesitaba. Por eso se puso el cinturón y zarpó con la esperanza de rescatar a su amiga, y de paso probar uno de esos brebajes alucinógenos tan famosos en su planeta.

Conduciendo lejos de su casa apestosa y virulenta, Laika se fue decidida a buscar más jengibre al huerto. En la radio sonaba la canción Losing my mind del grupo Summer Camp, de la que Caballero ya le había hablado alguna vez. Cabe mencionar que era una canción bastante propicia para el estado catatónico en que se encontraba la perra.
A unos cuantos años luz, acechando el planeta de Laika y el Cosmonauta, un virus maligno se había apoderado de la buena salud de una de sus habitantes. Quizá por la locura o el exceso de estupefacientes que había consumido unos días antes, quizá por el cambio de temperatura y las presiones meteorológicas, nunca se supo y la opinión pública nunca lo quiso investigar. Sin embargo, sí sabemos que la noche que había pasado Laika fue terrible, entre sudores y sueños febriles, no fue capaz de descansar lo más mínimo. Se despertó con el pijama enganchado a su pelaje, cual perra impúdica, cachonda y vagabunda. Las sábanas almidonadas que la señora de la limpieza le había cambiado el día anterior estaban hechas una reverenda inmundicia. Cosmonauta ya no estaba, se había levantado temprano para escribir sobre su viaje y estaba encerrado en su despacho leyendo, bebiendo té verde con menta e inhalando rapé. Laika, desde su lecho, indecorosa, hedionda y febril, pensó que era mejor posponer el viaje de visita a Gatalina II. Tomó la decisión con mucho pesar puesto que sabía que su amiga la necesitaba con urgencia. Sólo esperaba que Gatalina II no cayera nuevamente en el error del flirteo y la mera coquetería con Gataúlfo. Entre alucinaciones pasó de pensar en Gatalina II y sus amoríos a visualizar en el aire efímeras versalitas luminosas formando una frase de Kundera: “la coquetería es una promesa de coito sin garantía”. Laika seguía con fiebre y no podía levantarse de la cama, las sábanas sudadas y pegajosas la retenían. Seguía viendo formas de luz en el aire y sentía temblores en sus extremidades. Si se tapaba empezaba a transpirar y si se destapaba empezaba a tiritar. Entonces fue cuando pensó en el jengibre y el limón. De un salto la perra escapó de las fauces de su cama y corrió hasta la cocina, puso a calentar agua y echó un poco de jengibre seco con rodajas de limón en una tetera de cerámica de gres. Sabía que esa droga natural le mantendría su malestar febril a raya.
Cuando Gatalina II llegó a su palacio, fue corriendo a su habitación sin mirar ni saludar a nadie, no estaba preparada para afrontarse a todo su mundo tan de sopetón. Necesitaba a alguien a su lado para que el impacto se dividiera en dos. Le escribió un mensaje escueto a Laika para que viniera si quería. Tenía sentimientos encontrados sobre la idea de enfrentarse a su pasado. Sabía que su antiguo amante, el príncipe Gataúlfo, estaba al caso de su llegada, por eso temía que el reencuentro hiciese que la llama que hubo entre los dos volviera a encenderse. Bajó elegante y casual por la escalera de mármol y allí estaba él, junto a la celosía de platino con nébedas en la mano.
Mientras tanto, en el planeta de Laika, Cosmonauta salió de su habitáculo lleno de libros, papeles y apuntes sobre los terrícolas y sintió que tenía hambre. Con un «quiero comer patatas fritas» Cosmonauta lo dijo todo y no dijo nada. Laika frunció el ceño, se levantó, corrió hacia el gramófono y puso el vinilo que le había enviado Caballero esa mañana vacua. Y al amable ritmo Coco de Astro se dispusieron juntos a hacer chisporrotear las patatas en aceite hirviendo.
Con resaca pero siempre digna y con garbo, Gatalina II se puso el traje espacial y emprendió su viaje de vuelta a casa. Ya era la hora y no podía privarse más por miedo a toparse con él.
Y el miedo más grande que me da es nunca poder arracancarte de las cosas, de la nieve, del sol y del mar, de los sitios más perfectos para vacacionar, ahora de ellos yo me privo por miedo a toparme contigo y tu bronceado atractivo, ¡oh!
Confesiones de una gata libertina
Gatalina II se encontraba en el punto idóneo de embriaguez para poder expresarse con sinceridad sobre algunos asuntos de su vida y dejar ese vocabulario tan parco y formal que la acompañaba cada día. Algunos creían que era una lástima que necesitara del alcohol para liberarse, sin embargo, he aquí el quid de la cuestión, y el error: no se liberaba de nada, no hablemos de ataduras, sino que entraba en un estado antinatural en el que ella dejaba de ser ella misma, para transformarse en la imagen que ella pretendía que los demás viesen de su persona. Porque sí hay gente educada y con buenos modales por naturaleza, o por educación, lo que describiría con ambos adjetivos a Gatalina II, reina de un planeta al que no iba hacía mucho tiempo. En ese planeta habitaba su pequeña familia, compuesta por dos hermanas menores y un sobrino adolescente. Tenía una entrañable relación con su niñera y mentora, quien la había iniciado por los caminos del mal de la plebe a escondidas de sus progenitores: el rey Gatoldo V y la reina Gatherine VI. Cuando ellos hubieron muerto, Gatalina II enseguida heredó el trono y se dedicó a reinar y a estar al día de las nuevas tendencias musicales y del mundo de la alta costura. Ahora, echaba de menos todo aquello y con melancolía recordaba entre trago y trago a sus seres queridos. Era curioso lo que sucedía en su mente, puesto que todo este tiempo ella había creído que los pilares de su vida eran los amigos del planeta de Laika y el Cosmonauta, pero todo había parecido desvanecerse cuando entró en este estado antinatural. ¿Sería quizás porque en realidad esos eran pilares de arena? ¿O tal vez porque era sólo melancolía mezclada con ginebra? En cualquier caso, y haciendo caso omiso a su hecatombe mental, Gatalina II decidió entre las ya borrosas estrellas del firmamento ir a reinar un poco a su planeta.

Hacía frío, de ese húmedo que te hiela hasta el alma y se te cuela entre la ropa, soplaba un viento enojado que sin pesar arrancaba las hojas de los árboles desamparados. Entrábamos, sin vuelta atrás, a la dictadura del mal tiempo, en la que Laika, el Cosmonauta y toda su pandilla esperaban el azote de la lluvia, del granizo y de la nieve sin poder hacer nada más que mirar contemplativos. Sin embargo, estos contratiempos meteorológicos no suponían ningún problema para ellos porque conocido era su espíritu jaranero. Así que mientras fuera los árboles crujían de frío, dentro Laika proveía sin parar su famoso extracto de enebro con agua de quinina, esta vez con pimienta negra y rodajas de naranja y limón. Cosmonauta no participaba en esta tertulia porque estaba en su despacho ocupado escribiendo sus artículos, no obstante, no significaba ningún impedimento para que la fiesta no se desarrollara con total normalidad. Como siempre, los comensales se recomendaban música unos a otros, turnándose cada un par de canciones el turno de pinchadiscos.
—¡Vaya! Os tengo que enseñar un grupo nuevo de un amigo mío de Barcelona que canta en catalán —dijo Caballero relinchando—, pero es que ahora no me acuerdo cómo se llamaban…
—Pues vaya maneras de intervenir en el diálogo, ¿no?—respondió Laika mientras le sonaba el móvil— ¿Sí? ¿Quién es? Ahh, ostras no te había conocido la voz, ¿dónde estás? Yo, en casa, con Gatalina II y Caballero. Sí, está pero escribiendo en su habitación. ¿¡En serio!? Pues venid que ya sabes que le va a encantar. Sí, él me los recomendaba mientras estaba en la Tierra. ¡Qué estupendo! Sí, os esperamos. No, no traigáis nada más que vuestra presencia. Vale, hasta ahora. Chau.
Caballero y Gatalina II se miraban mutuamente y la curiosidad los carcomía por dentro. Querían saber a toda costa qué era lo que acontecería y quién había llamado. Laika, mientras tanto sonreía y disfrutaba del momento, porque sabía que lo que iba a suceder gustaría a todo el mundo. Gatalina, sin embargo, sin perder la compostura y haciendo honor a su noble educación fingió ignorar la llamada y, sin rebajarse a preguntar quién había llamado para no dejar que Laika disfrutase más de lo que ya lo estaba haciendo, retomó el hilo de la conversación de antes y dijo:
—Es de mi buen parecer, querido amigo equino, que en el momento que se esclarezca tu mente y evoquen del pasado esos recuerdos, deberías pronunciar ese nombre con el que nos has dejado en vilo anteriormente.
—¡Ah! Por cierto —ladró Laika sin poder aguantarse más la sorpresa—, que antes me ha llamado Jasón que estaba con Marc esperando a Laura que venía con los pletinas a tomarse unas cañas a su casa y que luego vendrían para aquí a saludar a Cosmonauta y a beberse unos brebajes míos en nuestra compañía.
—¿En serio? ¿Vendrá Doble Pletina? ¡Qué chachipiruli! –exclamó Caballero. Siempre he querido conocerlos.
Siguieron enseñándose música, comiendo boquerones y unos canapés de aguacate con gambas, hasta que sonó el timbre. Era Jasón con Doble Pletina. Se saludaron, sorprendieron a Cosmonauta, a quien no veían desde el principio de su viaje por la Tierra, se sentaron, se pusieron un poco al día, les contaron que pronto grabarían más canciones, y que les estaba yendo muy bien. Laika les preparó uno de sus gintónics especiales a cada uno e invitó a todos sus comensales al salón de exterior con calefacción centralizada, cuya construcción había sido pensada justamente para esas frías y oscuras veladas invernales, en las que apetecía estar fuera como si se tuviera una manta encima. Doble Pletina acabaría haciendo un miniconcierto improvisado y unplugged a sus amigos.